Centro de Interpretación del Litoral

La Maruca, un entorno natural e historico


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Los secretos de El Cincho

El castro cántabro hallado en el barrio de Yuso es uno de los escasos hábitats costeros conocidos del pueblo cántabro y uno de mayor envergadura de Cantabria

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El Cincho es un castro cántabro hallado en el barrio de Yuso de Santillana del Mar y uno de los escasos hábitats costeros conocidos del pueblo cántabro y uno de los castros de mayor envergadura de Cantabria. La hipótesis que manejan los expertos es que pudiera tratarse de el oppidum o principal asentamiento amurallado de la tribu indígena de los blendios, situada por historiadores antiguos y contemporáneos en las proximidades de Suances. (…)

En la actualidad, se están desarrollando las labores de análisis y estudio de las estructuras y materiales exhumados, como la cartografía de la muralla, la caracterización de las cerámicas e industria lítica, el dibujo técnico o la redacción del informe final, entre otros.

Uno de los hallazgos más destacados ha sido un objeto metálico de hierro y bronce, que apareció sepultado bajo el derrumbe de la muralla más reciente del castro, descubrimiento que sitúa la muralla del castro en el periodo de la segunda Edad del Hierro o en la época del pueblo indígena de los cántabros. En los trabajos de restauración se ha podido conocer que dicha pieza, (un remache con la anilla y los botones de bronce) se identifica con un sistema de suspensión de correas o “tiracol” de un escudo circular (“caetra” o “scutum”).

El Cincho

Aquí os dejamos el enlace a esta interesante noticia completa con imágenes:

http://www.eldiariomontanes.es/torrelavega-besaya/201601/03/secretos-cincho-20151230221803.html

Fuente: El Diario Montañés. 03/01/2016

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La Maruca…antes del CIL

Gracias a Jose Luís García, compartimos con todos vosotros algunas fotos antiguas del Centro del Litoral de La Maruca, así como del Molino de Aldama de 1795, ubicado en la ría de San Pedro.

Nos parece muy interesante tener la posibilidad de echar, de vez en cuando la vista atrás a través de las fotografías, para así poner en valor el patrimonio litoral y arquitectónico de Cantabria. Como decimos a los colegios y grupos que nos visitan, día tras día, sólo conociendo lo que nos rodea aprenderemos a respetarlo y conservarlo para que puedan disfrutarlo las generaciones futuras.

Puedes ver estas y otras muchas más fotografías en Facebook, en la siguiente dirección:

https://www.facebook.com/#!/CANTABRIAYSANTANDERENELRECUERDO

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El Sardinero…sin espigones.

Los expertos creen que los tres macizos del muro del Chiqui que se retiraron hace 13 años habrían reducido los daños por oleaje. Dicho muro tenía adosados tres pequeños espigones de seis metros que ayudaban a frenar las olas. Se instalaron en la década de los 30 y allí permanecieron hasta hace trece años, cuando el Ayuntamiento de Santander reformó la red de saneamiento, robó cinco metros de playa para ensanchar el paseo marítimo, eliminó el parque del cañón y cambió la circulación del tráfico en la zona. Esas tres piezas triangulares, situadas en la base de la pared, se destruyeron para dejar paso al emisario de tormentas actual y no se repusieron nunca. Los expertos consideran ahora que su presencia hubiese podido reducir algo los daños del temporal que azotó la costa cántabra el pasado invierno. Las olas de 15 metros ayudadas por una de las mareas más fuertes del año hubiesen devastado igual Santander, pero el impacto en el tramo final de la Avenida García Lago hubiese sido menor.

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Esas tres piezas de piedra tenían como misión reducir el empuje de las olas al llegar a primera línea de costa. Los espigones frenaban las olas para que llegasen sin fuerza a la rampa de entrada de la segunda playa.  El ingeniero, catedrático y miembro del Instituto de Hidráulica César Vidal dirige el proyecto fin de carrera de un alumno que trata de recrear el impacto de esos espigones en el escenario actual.

Entre las opciones, para reducir los efectos de los temporales, no se baraja la instalación de más botaolas. Estas piezas de un metro de longitud y 500 kilos de peso sí se mantuvieron del anterior muro del Chiqui. Ubicadas como base de las barandillas, su forma curva devuelve las olas al mar y evitan que el agua rebase la cota de la pared. Pero ante temporales como el del pasado invierno no pueden hacer nada. Los de Santander se mantuvieron en su sitio, pero en Gijón, por ejemplo, los están reponiendo ahora después de que las olas se los llevasen por delante.

Adolfo Fernández, ingeniero licenciado en la Universidad de Cantabria explicó que los botaolas están hechos para el Mediterráneo. «Son un elemento útil en costas con olas de poca energía que son fácilmente rechazadas. Por el contrario, en nuestras costas se moviliza una gran cantidad de agua, así que el botaolas no puede rechazarla. De ello hemos sido testigos el pasado invierno, viendo como grandes olas inundaban los paseos y carreteras», señala este ingeniero.

Fuente: http://www.eldiariomontanes.es


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El pájaro amarillo

El 13 de junio de 1929 despegó en la playa de Old Orchad, en Maine (EEUU), el avión francés Bernard 191 GR, llamado ‘El pájaro amarillo’. El vuelo tenía como destino París, pero la falta de combustible forzó un aterrizaje imprevisto en la playa de Oyambre, Comillas, tras 29 horas de vuelo y 5.300 kilómetros recorridos.

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Fuente: cronicasdeloriente.com

Nadie programó que el primer vuelo  transatlántico entre EE UU y España fuera francés. Solo fue fruto del azar que el 14 de junio de 1929, a las 20.40, El pájaro amarillo realizara un aterrizaje de emergencia en la playa de Oyambre (Cantabria) sin una gota de gasolina y con cuatro tripulantes (uno de ellos, un polizón) que llevaban casi 30 horas cruzando el cielo con la certeza de que algo había fallado y no llegarían a su destino, París.

La noticia del aterrizaje de ‘El pájaro amarillo’ fue cubierta por numerosos diarios de la época, y hasta Comillas se desplazaron los principales noticieros del momento, como Pathé y Paramount, para ser testigos del acontecimiento. Los pilotos fueron recibidos en la localidad cántabra como verdaderos héroes, permaneciendo dos días en Comillas, a la espera de que llegara desde Madrid el combustible que necesitaban para continuar su viaje a Paris.

A bordo viajaba una joven y entusiasta tripulación: Armand Lotti, promotor de la expedición; Jean Assolant, primer piloto, y René Lefévre, navegador. Pero también se encontraba un personaje que pasaría a la posteridad: un pasajero clandestino llamado Arthur Schreiber que se convirtió en el primer polizón aéreo de la Historia.

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Armand Lotti, Jean Assollant, René Lefévre y el polizón. Fuente: elpais.com

Entre 1920 y 1927 más de 100 hombres murieron en el intento de cruzar en avión el Atlántico. En 1927, Lindbergh lo haría en solitario a bordo del minúsculo El Espíritu de San Luis. Fue aquella hazaña la que animó a decenas de pilotos a la conquista de un futuro que de la noche a la mañana puso las nubes al alcance de la mano. Entre aquellos soñadores se encontraba el hombre que impulsó la aventura de El pájaro amarillo, Armand Lotti.

Lotti puso el dinero de su familia y su alma de aviador para la planificación del vuelo y la construcción del avión. Le hubiera gustado ser el piloto, pero un accidente de caza le había dejado tuerto y ni siquiera podía subir legalmente a una cabina. Fue él quien enroló a Jean Assollant, el primer piloto, y a René Lefèvre, segundo piloto y navegador.

Lotti, Assollant y Lefèvre no tuvieron buena suerte con los primeros pasos del Pájaro. Para colmo, y ante la alta siniestralidad en los vuelos de la época, el Gobierno francés decidió prohibir el trayecto rumbo a América. Fue entonces cuando Lotti, al mando en todo momento, tomó la decisión de hacer el vuelo a la inversa, viajar ilegalmente a Inglaterra y allí desmontar el avión y navegar con él en barco hasta Nueva York.

Lefèvre fue el encargado de encontrar la playa para el despegue. Old Orchard, en Maine, no era una mala opción: una longitud de dos kilómetros, una buena orientación y una arena firme y despejada. Como recuerda el libro de la periodista santanderina Carmen Cabezas, El pájaro amarillo en Oyambre, y las propias memorias de Lotti, el vuelo se convirtió en un acontecimiento antes de despegar y hasta Lindbergh (quien aún no había acuñado la frase “prefiero a un pájaro antes que a cualquier avión”) se puso a disposición de los nuevos aventureros para ayudarles con cualquier duda sobre el trayecto.

El día del despegue una multitud acudió a la playa de Old Orchard. Entre las viejas fotografías se adivina la sombra de un hombre joven, Arthur Schreiber, de 25 años y sin profesión conocida (algunos dicen que periodista), se escondió en la parte de atrás del fuselaje del avión sin que nadie, pese al cordón de seguridad que rodeaba al avión, se diera cuenta.

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Fuente:Hotel Pajaro Amarillo

La obsesión con el peso del vuelo había llevado a sus tripulantes no solo a medir cada gramo de sobrecarga, sino a prescindir de toda la gasolina posible. En el último minuto, Lotti decidió vaciar 100 litros de combustible para descargar así 90 kilos de peso. Por eso, cuando el avión despegó de EE UU ni Lotti, ni Assollant ni Lefèvre entendían qué demonios pasaba para que el aeroplano no lograra levantar su cola del suelo.

Cuando ya habían alcanzado una altura suficiente, Schreiber salió de su escondite para presentarse a los tres franceses. Lo que ocurrió a partir de ese momento forma parte de una aventura más humana que tecnológica. La tripulación sabía que con aquel hombre a bordo jamás llegarían a su destino y también sabían que no podían dar marcha atrás porque con el peso del despegue no había forma de aterrizar sin matarse. El griterío debió de ser feroz. El miedo, también. La decisión primera fue tirarlo por la borda, ocultar el crimen y lograr la gesta. Pero la piedad es un instinto tan humano como el odio y ninguno de aquellos tres hombres estaba dispuesto a mancharse las manos con la sangre de otro.

Arthur Schreiber voló en El pájaro amarillo después de firmar un documento en el que se comprometía a no hablar jamás en público de lo que allí iba a vivir. Seguiría siendo de por vida una sombra.

Fue su presencia lo que provocó el aterrizaje forzoso en España. Cuando el avión avistó la costa (después de una terrible tormenta y horas de callado pánico) supieron que España (país del que no llevaban ni mapa) era su destino obligado. Al menos, habían cruzado el Atlántico.

Sin casi combustible, la arena amarilla de Oyambre surgió como una pista iluminada. Lo que siguió después -y antes de que el vuelo retomara su rumbo a Francia gracias a la gasolina que enviaron desde Madrid- fue una locura que incluyó jornadas de orquestas, verbenas y mujeres, hombres y niños locos de alegría con aquel viaje llegado del futuro. “Hasta les tocaron una marsellesa al ritmo de pasodoble”, cuenta Juan Molina. “Curiosamente, y según recogían los periódicos de la época, las montañesas se volvieron locas con el polizón americano”. Como cuenta Manuel Sánchez de Movellán, marqués de Movellán, el vuelo había establecido un fuerte vínculo entre aquellos hombres. “El polizón estuvo en Francia, años después, cuando se celebró el 50º aniversario del vuelo. Lotti y él bajaron juntos del avión que los trajo desde París”. El padre de Movellán (entonces banquero en París) fue amigo de Lotti y por eso guarda una réplica del avión firmada por los pilotos. Para él, nada de esto hubiera ocurrido sin el “corazón de aviador” del tuerto Lotti. El mismo hombre que en uno de los documentos más emocionantes de esta historia, ya convertido en héroe nacional y ante cientos de periodistas, agarró por el brazo al anónimo cuarto hombre para al fin presentarlo: “Él es un americano, un amigo, un buen chico”

 

 


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Balneario de Castañeda

Fue construido en 1872, en madera que descansaba sobre sólidos apoyos de piedra. Su concesión fue adjudicada a Antonio Fernández Castañeda, del que recibe  su  nombre.  Una marea viva desmontó parte de la estructura que a finales de los sesenta  fue derribado por ruina.

El Diario

                                                                    Fuente: Diario Montañes

                                          

En el temporal del 2 de febrero de 2014 asomó parte de la mampostería que a día de hoy puede verse prácticamente en su totalidad en la segunda playa del Sardinero.

Según refleja Carmen Gil de Arriba en su obra ‘Casas para baños de ola y balnearios marítimos en el litoral montañés, 1868-1936’, se trataba de una casa de baños en madera, que contaba con una larga galería con veinticuatro cuartos. Había, además, setenta casetas de ruedas en el exterior, para que los bañistas descendieran hasta la orilla.

En diciembre de 1951 un temporal arrancó de cuajo la caseta ‘La Caracola’ junto a Piquío, construida en los años veinte para uso de Alfonso XII y su familia. Y las olas destruyeron también parte del balneario de Castañeda, desplazando la construcción de madera de sus cimientos de piedra, que ahora han quedado al descubierto.

 Los tratamientos que se realizaban en este balneario consistían en  baños calientes de algas muy recomendados en el XIX y principios del XX y que luego quedó relegado a cabinas de ducha y para cambiarse la ropa.

Además de los cimientos del balneario de Castañeda, han quedado al descubierto los del primer balneario de la Concha que escribiremos en posteriores entradas.

 

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